En contraportada

Letras, historias, periodismo…

Beber agua

Hubo una noche en la que, sin yo saberlo, únicamente bebí tónica. Me acuerdo bien y no me extraña, que con tónica es harto complicado el olvidar. No es que hubiera optado por ingerir tónica sin condimento, ese que se llama Ginebra, sino que el tipo que regentaba el garito se tiró tanto tiempo decorando una copa que yo, con las moderneces de esta España ya pasada, pensé que aquella botella de Schweppes venía ya mezclada. Y así, insisto, sin yo saberlo, sucedió lo mismo que aquel día en el que un colega se creyó colgado tras fumar una pastilla de Avecrem. Me imaginé más borracho que Bogart y empecé a existir, que decía Hemingway que uno no era, de ser, hasta que estuviera ebrio. Sea como fuere, fue la noche más barata de mi vida y nadie me quitará la falsa pérdida de inhibiciones. Quizás la clave del ahorro pase por colmar de agua las botellas de Hendrick’s.

El paro

Se lo aseguro, el paro es un lugar desagradable. Y si no me creen, pregúntenselo a mis compañeros de fábrica. Lugares para aborrecer hay cientos, quizás este sea el peor, solo detrás de los hospitales. Esos hospitales de pasillos embaldosados, camastros yermos y el secuestro con muerte de familiares y amigos. El paro, entiéndase como espacio físico, es una suerte de estadio deportivo. Ahí estamos todos, a lo mismo sin apenas conocernos. Por momentos eufóricos por momentos lagrimados. En el paro uno es al mismo tiempo jugador suplente y público expectante sin ninguna expectativa. El paro son hileras de sillas engorrosas y silencios cabizbajos. Es una espera cuya única turbación es un panel con letras y números. Información. Demanda. Faltaría, creo, un mostrador de oferta. El paro es un lugar desagradable. Un estadio deportivo en el que unas voces lejanas dicen que el triunfo será posible si trabajamos en equipo mientras suben sin demora el precio de la entrada.

- ¿Le pongo alguna profesión más además de periodista? – me preguntan desde la ventanilla de Demanda.

- Solo si hay alguna por la que me vayan a llamar – respondo.

- Dejamos entonces periodista. Y añadimos redactor.

El paro es un lugar desagradable. Donde el miedo es propio y es ajeno, aunque por suerte los abrazos, colectivos.

 

Borde

Dicen que soy borde. Hace unos días, por la noche, un amigo y yo nos refrigerábamos con ginebra en un bar madrileño. Los dos nos habíamos fijado en la misma mujer. Para evitar que os evadáis con absurdas especulaciones: él durmió acompañado y yo al calor de mis sábanas. El caso es que él desapareció un instante y a ella le dio tiempo a decirme que también era gallega, de Vigo, a lo que yo, por darle un cariz ingenioso al asunto, respondí: “Vaya, qué ciudad más fea”. Unas horas más tarde, saliendo mi amigo de su casa, me llama: “Oye, explícame por qué al salir del local me dijo: ‘Tu amigo es un borde’. ¿Qué hiciste?”

Una amiga, yo sé que lo hace en parte por salvarme la apariencia, siempre dice que lo que ocurre es que tengo un sentido del humor sofisticado, y eso es algo que no comprende todo el mundo. Yo se lo agradezco, que entre borde y sofisticado siempre queda mejor adueñarse de lo segundo.

Lo de borde, perdón, lo del humor sofisticado, va de la mano con el inaguantable, dice otro amigo, rollo maldito de barra, que como pose está bien pero de continuo es extenuante. Razón no le falta, pues no hace muchas noches asistí a un nuevo fracaso personal tras encadenar mi cuerpo a una especie de barra-barandilla en un bar de Malasaña. Desde la distancia me negué a bailar tantas veces que al final los que follaron fueron los que abandonaron, quizás por un instante, el humor sofisticado y levaron anclas para dejarse llevar por el nostálgico sonido de las canciones pop de los ochenta y los noventa.

Instalarse retrovisores

Me dijo un día un compañero: “Chaval, en este mundo hay que andarse con cuidado, así que, si puedes, instálate unos buenos retrovisores”. El tipo, de esos tipos que querrían fumar y beber en el teclado, un periodista de filme, continuó: “Nunca se sabe quién se va a poner a rebufo y qué tácticas sucias empleará para adelantar, y no pienses que hablo de becarios, o de redactores, aquí todos se joden entre sí, de abajo a arriba y de arriba a abajo”.

A este compañero lo echaron, creo, una putada. El contacto se perdió y ya no me atrevo a escribirle y preguntarle si lo jodieron desde arriba o desde abajo. Apostaría a lo primero, quién sabe. Tenía, a sus años, y como escribió Allyson Bird, la mirada puesta en las señales de salida, y los de arriba en su poltrona.

Nos faltó tiempo para charlar sobre aquellos que se plantan, severos e iracundos, en los ángulos muertos. Se aprende con el tiempo.

Galicia contrabandista

Dice Feijóo que la amistad con Marcial Dorado es de hace muchos años, él contaba treinta y pico, vamos, un prepúber, y que apenas sabía del negociado y la empresa del colega. Ya saben, del contrabandista.

A mí, sus explicaciones, si bien no me las creo, me recordaron el día en el que subí a casa del colega de un amigo sin saber que aquel era contrabandista. Un camello, vaya. Un dealer de costa y barrio.

Sigue en ‘Una cabaña en Wisconsin’ –>

Futuribles

Olvidé ya el sitio, quizás no apunté el enlace, en el que leí: “No conozco a ningún periodista que no tenga puesta la mirada en las señales de salida”. Lo escribió una periodista que dejó, contaba, la profesión cerca de los treinta. A mí la afirmación me llevó de inmediato a un taxi. Imaginario, vaya. Tengo muchas rarezas y una de ellas es la de memorizar la placa que los taxistas colocan entre la puerta delantera y la trasera. En ella figuran el número de licencia y la matrícula del coche. Todo es cuestión de futuribles. Que ocurrirá en un futuro si se cumplen determinadas condiciones. El futurible, para la periodista, seguía siendo la redacción. De ahí la huida. En el caso de los taxis, el futurible, imbecilidad aparte, sería un secuestro. O una carrera incierta. Qué quieren que les diga. Al final esto se resume en futuros si se cumplen determinadas condiciones. La acepción recoge una suerte de inercia a la hora de hablar de condiciones. Si se cumplen. Y si no, al carajo. Se siente, pero el esfuerzo es imperioso. Leo El pintor de batallas, de Arturo Pérez-Reverte: “De no haberse dejado llevar por su búsqueda de lo intenso, por la necesidad de recorrer el límite exterior de lo razonable sin renunciar a su memoria y a su cultura, o de haber vivido lo suficiente para alcanzar la sombra de sí misma que perseguía a largas zancadas…”.

Hace unos días, de madrugada, volvía a casa con el quiero irme entre los dientes. Ya saben. Las señales de salida. La búsqueda de lo intenso.

Los quiero irme, sí. Pero cuántos. Cuántos sin el vámonos.

Ya luego nos coseríamos nuestras sombras. Sombras que por suerte abandonaron el deber.

Las eses de Antonio Vega

Ojos divisan infinitos semilla sol espiga deseo manos abismos sitio escenario cuesta más silencio brisa crepúsculo soledad barcas mecéis dormidos consulta pasajeras desperezad alas señal ríos. Las eses de Antonio Vega. Y son solo algunas, valgan las tres eses. El sitio de mi recreo y La hora del crepúsculo. A Antonio Vega lo vi poco antes de morir. De morir él, digo. Una figura infinita inmóvil a quien terceros le cambiaban las guitarras. Me acuerdo de aquello, de una pose gibosa y de un rostro invisible tras un pelo en cascada. Recuerdo todo eso y también las eses. La cadencia de sus eses. El modo en que dejaba permanecer la ese entre letra y letra. Palabra y palabra.

En fin, que quizás todo esto solo sea una estupidez.

Olimpiadas

En un acto ilógico trataba de recordar el día en el que vi pasar la antorcha olímpica por Ourense en 1992 y va Wikipedia y me saca de mi estúpida obsesión: el 3 de julio. Entonces vivía en la calle Peña Trevinca y a saber qué hacíamos en casa mi hermano, mi madre, mi padre, nuestro pastor alemán y yo, pero llegado el momento nos asomamos al balcón, o a la ventana, ya no sé, y desde allí vimos la llama en manos de Marta Bobo, rodeada de varios atletas, perseguida por algunos coches y con tantas personas apelotonadas en la acera que uno ya dudaba si aquello no sería una cabalgata postergada.

He olvidado si la imagen que evoco es la del instante o simplemente la de la fotografía que tomó mi padre desde el balcón, o ventana, ya no sé. Tenía cinco años, ya veis, qué crío. Y ya siento la más que probable decepción, pero de aquella no leía el periódico. Si lo hubiera hecho, sabría, bendita hemeroteca, que Marta Bobo dejaría la antorcha en el pebetero ourensano -¿había un pebetero por municipio?- a eso de las diez. Y que en el acto de recibimiento de la llama no estaría Manuel Fraga por “la presumible enemistad” con el alcalde, que era del PSOE.

Sigue leyendo »

El mundo, ese lugar extraño

La cosa va de amigos y yo tengo uno que ayer de madrugada me llamó alarmado: “¿Te has enterado?” Respondí que sí, que justo leía a Jon Lee Anderson en El Puercoespín, pero ni caso debió hacerme, porque a continuación me dijo con cierto nerviosismo que vaya, la que podía montarse si no “ganábamos nosotros”. Mi amigo siempre fue defensor de Chávez y yo pensé que estaba preocupado por una posible derrota del chavismo en las próximas elecciones. Y fue ahí cuando me descolocó: “¿Pero qué elecciones ni qué hostias? A mí ahora Rosell me preocupa bien poco, pero si no ganamos al Milán ya no sé qué más puede pasar”.

Sigue en ‘Una cabaña en Wisconsin’ –>

El futuro de la especie

Yo tengo un amigo que cualquier debate sobre la persistencia de la especie lo zanja con la palabra extinción. Es su ley de Godwin particular. Incluso cuando el tema es la nostalgia por la revolución: “La mejor revolución sería la extinción”, se atrevió a decir un día. A mi amigo no le pregunté ayer su opinión sobre las palabras del ministro del Interior, Jorge Fernández Diaz, no fuera a defenderlo a su manera y me obligara a liquidar por cierre la amistad.

Sigue en ‘Una cabaña en Wisconsin’ –>