Beber agua
Hubo una noche en la que, sin yo saberlo, únicamente bebí tónica. Me acuerdo bien y no me extraña, que con tónica es harto complicado el olvidar. No es que hubiera optado por ingerir tónica sin condimento, ese que se llama Ginebra, sino que el tipo que regentaba el garito se tiró tanto tiempo decorando una copa que yo, con las moderneces de esta España ya pasada, pensé que aquella botella de Schweppes venía ya mezclada. Y así, insisto, sin yo saberlo, sucedió lo mismo que aquel día en el que un colega se creyó colgado tras fumar una pastilla de Avecrem. Me imaginé más borracho que Bogart y empecé a existir, que decía Hemingway que uno no era, de ser, hasta que estuviera ebrio. Sea como fuere, fue la noche más barata de mi vida y nadie me quitará la falsa pérdida de inhibiciones. Quizás la clave del ahorro pase por colmar de agua las botellas de Hendrick’s.