La Iglesia que murmura
Héctor Juanatey | 29 marzo, 2010Ayer Domingo de Ramos, el papa Benedicto XVI dijo, durante su homilía, que Dios da la valentía que permite al hombre no dejarse intimidar por las “murmuraciones de las opiniones dominantes” -refiriéndose a los medios de comunicación-. Esta fue la mejor forma que la Santa Sede encontró para defenderse públicamente de las últimas informaciones del The New York Times, que sitúan a Joseph Ratzinger en el punto de mira de la polémica por los casos de abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia. Acusaciones, que aunque para el papa sean “murmuraciones”, están bien documentadas.
Según el diccionario de la RAE, murmurar, en una de sus acepciones, significa “conversar en perjuicio de un ausente, censurando sus acciones”. Si entendemos la palabra desde este punto de vista, podría -de forma muy rebuscada- decirse que sí, que los medios de comunicación, encabezados por el diario estadounidense, publicaron informaciones que perjudicaron directamente a un ausente, en este caso al actual papa. Aunque esto no es una crítica ni debe extrañarnos lo más mínimo (toda información acusatoria, tiene un acusado y por lo tanto, este se mostrará como un perjudicado). Sin embargo, esta sería la visión que desde la Santa Sede nos quieren transmitir: el papa está siendo atacado. Pero no es del todo cierto, ya que si hay algún perjudicado en este caso, son todas aquellas personas que en su día sufrieron abusos por parte de miembros de la Iglesia.
Vayamos ahora a una segunda acepción del verbo “murmurar”, una mucho más conocida y que seguramente les sea más familiar a Ratzinger y cía. Dice: “Hablar entre dientes, manifestando queja o disgusto por algo”. Hablar entre dientes, como seguramente hicieron el reverendo Gerhard Gruber y ayudante de un entonces Cardenal en Munich, Joseph Ratzinger, cuando permitieron que el cura Peter Hullermman, quien había abusado de varios niños, volviera a ejercer sus labores como párroco. Hablar entre dientes como seguramente hizo el mismo Hullerman con Ratzinger cuando este último lo envió a una terapia contra la pederastia, poco antes de dejarle volver a tratar con niños. Hablar entre dientes como seguramente hicieron el ahora papa y su ayudante al enterarse de que Hullerman había sido arrestado después de tantas “murmuraciones”. Porque Benedicto XVI, al igual que Cardenales, obispos y demás, lleva murmurando mucho tiempo. Murmuraba desde que en los 80 encubrió al reverendo estadounidense Lawrence Murphy, que abusó de 200 niños sordos entre 1950 y 1974, hasta hace una semana, cuando con la boca pequeña pidió perdón a los irlandeses por los abusos, reclamando al mismo tiempo una investigación.
Y es que Joseph Ratzinger debe pasarse los últimos días murmurando. Recordando que una de las cosas por las que fue elegido papa fue justamente su labor contra los abusos de la Iglesia. Una labor ahora más que discutida por la gran cantidad de casos de abusos que cada día salen a la luz. “Jesús nos conduce hacia lo que es grande, puro. Nos lleva hacia el aire salubre de las alturas, hacia la valentía que no nos deja amedrentarnos de las murmuraciones de las opiniones dominantes, hacia la paciencia que soporta y sostiene al otro“, dijo ayer Benedicto XVI a los fieles que abarrotaban la plaza de San Pedro. Lo dijo a viva voz, sin murmurar, no vaya a ser que no suene creíble. Muchos aplaudieron. Otros hace tiempo que dejamos de tragarnos sus mentiras.
Y os dejo murmurando: “Lástima que todos sean unos cobardes”.





