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El tiempo va a cambiar

Héctor Juanatey | 16 marzo, 2012

Una de las fotos de Latinoamérica de la Antología que Gervasio Sánchez expone en La Tabacalera de Lavapiés, en Madrid, muestra a un militar hablando, sentado, con una chica en vestido, también sentada. Él calza botas negras y su arma observa desde la izquierda cómo éste coge las manos de ella. Cerca del muro exterior del edificio del que cuelga la imagen hay un chaval diciéndole a otra joven que no volverá a pasar. Los dos visten chándal, el chándal de toda la vida, y de sus hombros cuelgan dos mochilas, las mochilas de toda la vida. «No volverá a pasar», insiste. La fotografía, por mucho que uno camine despacio para pillar frases al vuelo, no suelta prenda; pero yo, que soy muy de imaginar la vida ajena, escucho cómo el militar también suelta un «no volverá a pasar». Pero qué no volverá a pasar.

Más adelante, una señora les cuenta a dos de sus amigas que «el tiempo va a cambiar». Y esa es la única certeza: el tiempo pasa, y cambia.

 

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Noche de los enamorados

Héctor Juanatey | 14 marzo, 2012

Félix Romeo escribe en su nóvela póstuma, Noche de los enamorados, que entró en la cárcel por insumisión la noche del 14 de febrero de 1995. Ayer en Madrid, y probablemente en el resto del mundo, fue martes 13 de marzo y en una terraza próxima a la Puerta del Sol una chica de gafas de pasta negra y pelo corto les contaba a tres amigas que Brandon la vio bailando el sábado y no se acercó a saludarla. «Me lo encontré ayer en la calle y me lo soltó así, y yo jodida y queriendo decirle que ojalá se hubiera acercado», les dijo. Yo a Brandon no lo conozco, y su vida, para ser honestos, ni me va ni me viene. Pero por algún motivo estúpido, a mí ayer me entraron ganas de llamar a Brandon, un chaval probablemente vergonzoso, y ponerle al día de lo que había oído. Y no seas tonto y sácala a bailar.

Yo en esa terraza leía sin descanso a Romeo y a sus amigos, que escribieron sobre él tras su muerte. De esos textos se adivina que Romeo era un bonachón enorme en todos los sentidos, un enamorado del amor, de la vida y de sus seres queridos. «Félix supo vivir con cada uno de sus seres queridos su propia historia de amor», cuenta Luis Alegre, que además destaca cómo se despedía siempre Romeo en sus cartas o dedicatorias: «Todos los besos del mundo». Al leer eso, me entraron ganas de impartir ánimos por doquier y de repartir todos los besos del mundo a mis seres queridos. Y puede que hasta animar a Brandon a moverse y dar el paso.

A Romeo lo leí también en Pinar de Chamartín, y allí un chaval de camisa blanca salía de un Passat blanco con una maleta y con sus padres, a quienes decía que estaba «lleno de dudas con Marta». Les explicaba que no sabía si quedarse unos días en casa o coger el metro y acercarse a verla. Sus dudas sonaban a certeza. De su no sé si marchar o quedarme se intuía perfectamente el cuándo sale el último tren y por favor no os enfadéis si no me quedo. Yo ahí pensé en coger el metro hasta Chamartín, comprarle el billete y enviárselo acompañado de todos los besos del mundo. Pero seguí caminando y aún hoy pienso si Brandon se habrá atrevido y si el chico de la camisa blanca habrá cogido el tren.

Todos los besos del mundo.

 

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Aquí se muere

Héctor Juanatey | 27 febrero, 2012

En la calle hay quien aún pretende oler el olor a cadáver de lo que ayer, claman, era periodismo. Voces que hablan, porque sí, de su muerte y aquí quien se muere son personas ejerciendo el periodismo: personas que informan del asesinato de otras personas. Manuel Jabois lo resume mejor: «Si ustedes se encuentran a algún trasnochado predicando el final del periodismo saquen las páginas de Homs y de lugares como Homs en los que se apilan esqueletos y háganle entender que sin ellas no seríamos lo que somos, o al menos no tendríamos excusa para serlo». Si sacan hoy las páginas interiores de El Mundo, verán a Javier Espinosa hablando de la casa de un exvendedor de refrescos en Bab al Amr en la que permanecen los cadáveres de la periodista Marie Colvin y el fotoperiodista Rémi Ochlik.

No es lo mismo que se muera alguien a que otro intente matarlo. «Los editores españoles están destruyendo el periodismo», cuenta Alberto Arce, que acaba de publicar Misrata Calling. El periodismo de Arce no se ha muerto; él, por suerte, tampoco, aunque para que Misrata saliera de las fronteras de Libia tuvo que contar con los suficientes reflejos para que algún mortero no acabase con su vida. También de los morteros se libraron Ramón Lobo y Gervasio Sánchez cuando informaban desde Sarajevo. A Espinosa le salvó una pared, a Lobo y Sánchez, «un vino de menos». De esos malditos morteros en Misrata, sin embargo, no se libraron Tim Hetherington y Chris Hondros. De la muerte tampoco escapó Julio Fuentes, asesinado en Afganistán, en la carretera que une Jalalabad con Kabul. Con él fueron ejecutados también la periodista Maria Grazi Cutuli, el cámara Harry Burton y el fotógrafo Azizula Haidari. El cuerpo de Fuentes llegó a España tres días después de haber sido asesinado, coincidiendo, recuerda Gervasio Sánchez, con la presentación de un libro en homenaje a Miguel Gil, que tampoco escapó a la muerte en Sierra Leona, momento a partir del cual, según Lobo, «parece que se nos cayó encima el Periodismo». En Irak, José Couso tampoco se libró de los misiles intencionados del ejército estadounidense; allí, en su primera experiencia como reportero de guerra, Julio Anguita no consiguió salir vivo tras una emboscada mientras viajaba empotrado. En Haití, quien murió asesinado fue Ricardo Ortega.

Miguel Gil arriesgaba su vida porque «hay mucha otra gente, los civiles, que lo hacen cada día. Hago este trabajo para que nadie pueda decir que no lo sabía». Hondros escribió algo similar: «Para mí, el fotoperiodismo y el conflicto a menudo van de la mano porque es esencialmente importante comprender la realidad de la guerra y no ignorar las cosas terribles que están sucediendo en el mundo». La repuesta a por qué el periodismo sigue viajando a las guerras la ofreció Colvin: «Muchos de ustedes os debéis haber preguntado —u os estáis preguntando ahora— ¿vale la pena el coste en vidas, el desamor, la pérdida? Me enfrenté a esa pregunta cuando perdí el ojo. Incluso un periódico publicó una noticia con el titular: ‘¿Ha ido Marie Colvin demasiado lejos esta vez?’ Mi respuesta entonces y ahora, es que vale la pena. [...] Alguien tiene que ir allí y ver lo que está pasando. No se puede obtener esa información sin ir a lugares donde se está disparando a la gente. La verdadera dificultad es tener la suficiente fe en la humanidad para creer que las personas suficientes ya sean gubernamentales, militares o el hombre en la calle, se preocupan cuando la información llega al papel, a la web o se ve en la pantalla del televisor».

Colvin y Ochlik murieron en Siria para que nadie se olvidase de lo que allí pasa; Hetherington y Hondros murieron para que nadie olvidase Libia; Fuentes, Afganistán; Couso y Anguita, Irak; Gil, Sierra Leona; Ortega, Haití. Espinosa sigue en Homs para que los de fuera no nos olvidemos de los de allí. Mucha suerte, @javierespinosa2.

—

Actualización: Javier Espinosa ha podido salir de Homs. En la BBC: “Homs me recordaba a Sarajevo”.

 

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‘Público’

Héctor Juanatey | 25 febrero, 2012

Isaac Rosa pide permiso: “Me permitirán que no gaste mi última columna en repetir tópicos, pues ninguno de ellos ha salvado el periódico, ni tampoco han sido esos lugares comunes y afectados los que han hecho posible que el diario esté en la calle cuatro años y medio”. En los últimos meses se han cerrado tantos medios y despedido a tal cantidad de periodistas que hasta el lamento se ha convertido en un lugar común; en un tópico que desgraciadamente volverá a repetirse unas cuantas veces. Ante estas noticias, uno tiene derecho —y hasta puede que esté obligado a ello— a sentarse, y con las piernas cruzadas sobre la cama, romper a llorar mientras susurra repetidas veces: “No es justo, no es justo”. Por suerte, el tiempo, puede que insensible por momentos, jamás entendió de cierres. El tiempo siempre fue de comas, nunca de puntos y aparte, y si te despistas la hoja del almanaque ya quedó anticuada.

A medida que pasan los años, el calendario se llena de efemérides que no gusta recordar. El 24 de febrero, por desgracia, se ha sumado a la lista. Nos guste o no, la fecha nos traerá de vuelta a aquel día en que, por mantener esa tan maltratada dignidad, votamos en asamblea no publicar un nuevo número de Público. Sí, amigos y amigas, los quioscos, desde hoy, están vacíos por la izquierda: la edición en papel de Público ha cerrado. Hace un tiempo escribí que el periodismo tendría que aprender a arreglar los nuevos trenes, hacerse al cambio de soporte. Público, por ahora, continuará en internet. Algunas personas lo ven como un cierre en dos fases, como un último suspiro, un quieren pero no pueden. Yo, que en esto soy bastante idiota, lo veo como una oportunidad. Pasarán semanas, meses, hasta que Público vuelva a ser igual a lo que ayer salió por última vez a la venta. Pero ha de intentarse. ¿Por qué no potenciar un medio digital de calidad al que en un futuro puedan volver aquellas personas que hoy dejarán, obligados, el barco? Achicaremos mucha agua y puede que nos hundamos. Pero también puede que tapemos los boquetes. Y es esta posibilidad la que hace que haya que seguir caminando.

Público, además, no es el papel ni el digital. Es una voz, un grito desesperado que busca ser oído. Público son las personas que lo han formado, las que lo han leído. Seguiremos haciéndonos escuchar. Lo haremos desde aquí o desde Laponia. Así que a esos a los que Manel Fontdevila retrata en su última viñeta, solo cabe decirles: «No se acomoden, que no hemos terminado».

 

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Sueño

Héctor Juanatey | 14 febrero, 2012

Cuando uno se encuentra en ese limbo entre el tener los ojos abiertos y el comienzo del sueño ve cosas muy extrañas. Ve una justicia ajusticiada y un periódico que informa. No ve como el banco roba hogares y sí a un parado que trabaja. Ve un fútbol que paga y deja de pensar en la amnistía. No ve a nadie dormir en la Gran Vía ni a otros tirar comida. Sí ve un spam convertido en cadena de favores y un nadie que de pronto se convierte en alguien. Ve una firma hecha donación y un almanaque, un calendario de mejoras. Ve y también oye, por ejemplo, al silencio de charla con la censura y a dos personas enamorarse con la que está cayendo. Ve boinas negras convertidas en cuadros de Picasso y tanques hechos esculturas de Dalí. En ese limbo, uno ve a un amigo escribir, la ve a ella y escucha a alguien que le dice: “Vive hoy, que el mañana ya vendrá”. A veces, uno ve estas cosas y no son ciertas. Muchas otras, las ve y están ahí.

 

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Un amigo desconocido

Héctor Juanatey | 18 enero, 2012

Con esto de la incertidumbre pasan cosas muy extrañas. A mí esta semana me llamó un conocido del que no sabía nada desde hace varios años. Lo único que recordaba es que era un tío muy bien colocado, de estos que con una llamada contrata a veinte tipos. Yo sabía que era él el que llamaba porque sí, ya que por tener ni siquiera tenía registrado su teléfono. Vi el número y supe que era él y que ya solo con saberlo había pasado de ser conocido a amigo y de amigo a mi mejor amigo. Antes de que pudiera decir nada, yo ya comencé a alabarlo y a decirle que cómo habíamos tardado tanto en llamarnos, que pensaba en él a diario y que si no había contactado era porque sentía el bochorno del descuido. Mi conocido que pasó a amigo y luego a mejor amigo intentaba balbucear algo pero yo, sin casi tiempo para respirar, ya le estaba agradeciendo que se preocupara por mi situación y que gracias por su ofrecimiento, aún sin haberlo escuchado. “Contigo al fin de mundo, colega”, repetía sin descanso. Estaba tan emocionado que ni me importó que se cortase la llamada: “Ya llamará”, pensaba. El caso es que pasaron días y este amiguísimo mío de toda la vida no daba señales de vida. Como era un tío ocupado comencé a recordarle a mi manera que me debía una llamada. Primero unas perdidas, luego unos mensajes y al final hacía sonar su teléfono de madrugada, colgando justo cuando él cogía. Le envié hasta flores, bombones y mariachis. Puse anuncios en la prensa e incluso me hice pasar por su cartero. Por fin, un día me llamó. Esta vez fue él quien no me dejó hablar. Amenazó con denunciarme, me dijo de muy malas maneras que no me conocía y que aquel día simplemente había llamado por error. Yo, como sé captar las cosas, ya no hago lo de antes. Ahora utilizo una cabina.

 

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Mañana es domingo y además es otro año

Héctor Juanatey | 31 diciembre, 2011

Yo tengo un amigo, de esos amigos que se citan en los textos y cuya existencia está más bien en entredicho, que nochevieja tras nochevieja se dedica a escribir una suerte de propósitos de año nuevo. Los escribe con buena letra en pequeños post-it que luego ordena cronológicamente en pocas al principio, algunas después y muchas cajas ahora. Ha llenado tantas que los últimos cinco años los ha resumido en tan solo un post-it: “Cumplir los propósitos de años anteriores”. Yo, por tonto o por si acaso, he preferido no seguir su ejemplo, que las listas de tareas siempre me han agobiado y más si tienen fecha de caducidad. El caso es que mañana es domingo y además es otro año. Wislawa Szymbrosca escribió una vez un poema: “Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero”, decía uno de sus versos. Yo, desde aquí, pido disculpas a los días, a los meses, a los años que se quedan viejos. Les pido perdón por considerar a los nuevos los primeros. Y a cada una de las noches de sus días, las últimas.

 

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Alegría

Héctor Juanatey | 30 diciembre, 2011

Estaba escribiendo esto: En ‘Defensa de la alegría’, Benedetti instaba a defender este sentimiento como trinchera, como principio, bandera y destino. Defenderla como certeza y como derecho. El propio Benedetti traduciría un poema de De Mello, ‘Los estatutos del ser humano’, que en la misma línea clamaba: “Por decreto irrevocable, queda establecido el reinado permanente de la justicia y la claridad. Y la alegría será una bandera generosa para siempre enarbolada por el pueblo”. Cuando pasó esto: «Tijeretazo histórico del Gobierno de Rajoy: ‘Es el inicio del inicio’». Dejé de escribir y entonces recordé esto otro que un día escribió Cortázar: “Es inconcebible una revolución que no desemboque en la alegría”.

Y no mucho después llegué a estas palabras del siempre recurrido Galeano: “Hablar de alegría en medio de toda esta malaria, con tanta gente en la llaga o en la rada , ¿no suena a traición o estupidez? Y, sin embargo, precisamente por eso, hoy más que nunca la alegría es un artículo de primera necesidad, tan urgente como el agua o el aire. Nadie nos va a regalar este derecho de todos. Es preciso pelearlo: contra el propio miedo, el miedo a romper la costumbre de la pena, y contra los administradores de la tristeza nacional, que le sacan el jugo y venden las lágrimas. Pelarlo, digo, y no por la gente, sino con ella y desde ella”.

Peleemos, pues.

 

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La línea 1 en época de crisis

Héctor Juanatey | 10 diciembre, 2011

En la línea uno del Metro de Madrid suceden muchas cosas. Unas las cuenta Henrique Mariño en este post y otras no. A mí anoche me pasó una cosa que suele suceder si eliges el subterráneo un viernes noche. Sobre todo si vuelves para casa y los demás salen de la suya. En una de las esquinas del vagón te dejas llevar mientras descubres que lo único que distinguen tus ojos son los vaqueros de la gente que se ha puesto delante de ti. Y eso si tienes suerte. A mí, anoche, me tocó lidiar con una pareja que mal, a simple vista, no se lo estaban pasando. Y no es que a mí me guste mirar, pero por si acaso preferí cerrar los ojos, aunque no pude evitar escuchar lo que hablaron en uno de los parones. “Pues Tomás el otro día me envió un mensaje y me dijo que había descubierto unos ojos nunca vistos”, le dijo él a ella. “¿Ah sí?”, preguntó ella. “Sí. Se enamoró de la oficinista del turno de mañana. Ya ves, hasta en época de crisis nos enamoramos”. Y ahí ellos ya siguieron a lo suyo y yo intenté evadirme, que el cotilleo y su vertiente la curiosidad no son buena compañía. Su breve conversación me recordó un artículo de Elvira Lindo que leí hace unos días en el que, acertada, escribió: “La alegría va a acabar siendo un sentimiento subversivo”. Y añadía, al final: “Y dado que la alegría se está convirtiendo en algo subversivo me comprometo a practicarla y difundirla, a riesgo de ser considerada superficial por aquellos que han adoptado la frasecilla «con la que está cayendo» para amargarle la vida al prójimo”. Ya veis. Con la que está cayendo y Tomás se enamoró de la oficinista del turno de mañana.

 

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‘Amarillo’, de Félix Romeo

Héctor Juanatey | 5 diciembre, 2011

“A fin de cuentas, lo que está claro es que todas las vidas acaban antes de tiempo”
José Saramago en Ensayo sobre la ceguera


Félix Romeo murió el 7 de octubre en Madrid con 43 años y antes de eso le dio tiempo a escribir tres novelas —Dibujos animados (1994), Discothèque (2001) y Amarillo (2008)—, incontables artículos, reseñas literarias y dirigir el programa de TVE La Mandrágora. Hasta su muerte, yo no había conocido a Romeo; creí haber visto su cara en alguna ocasión, en alguna revista, en la televisión. Puede que fuera el sentimiento de culpa, el notarme un intruso en sus obituarios, lo que me haya llevado a leer Amarillo. Lo hice como se espía desde la mirilla de la puerta. Como se lee la correspondencia de un fallecido a un amigo que se había suicidado. Como un voyeur arrepentido.

Chusé Izuel era uno de los amigos íntimos de Romeo. Un escritor al que una mujer dejó un día 27 y que se suicidó otro día 27. El de febrero de 1992, con 24 años. Quince son los años que Romeo tardaría en publicar Amarillo, una suerte de epístola dirigida a Izuel en la que trata no solo de entender las causas que llevaron a su mejor amigo a precipitarse por un balcón, sino también de desprenderse de una carga de culpabilidad que le acompañaba desde entonces. El 26 de octubre de 1990, Izuel le escribió una carta a Romeo: “Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. De hecho, no quiero ya oír hablar de creación ni pijadas de ésas. Ni creación, ni hostias. Y lo mismo en cualquier actividad. O te sale de las tripas o no vale una mierda”. Eso hizo Romeo en Amarillo: echar todo lo que llevaba dentro.

Escribió Romeo: “Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo. No te induje. Yo quería que te repusieras, que abandonaras esa tristeza, que a mí me parecía totalmente autoimpuesta, ridícula. No siempre he pensado que tu muerte fue el crimen perfecto. Realmente, sólo fui consciente de ese crimen hace ocho años. Soñé que habías regresado. «He estado dando una vuelta por ahí», decías con una sonrisa en la cara. Me sentía fatal, notaba cómo todo se desmoronaba. Todos los días te presentas como mi mayor culpa, la que me convierte en tu asesino. Siempre he tenido un gran sentimiento de culpa. Si hubiera alguna forma de extraer la culpa de mi cabeza, la utilizaría”.

En una entrevista posterior a la publicación del libro, Romeo negó, no obstante, que hubiera sentido alivio por la muerte de su amigo: “No fue el suicidio de Chusé lo que me convirtió en escritor, porque desde adolescentes ya ambos éramos escritores cachorros. Pero, sin duda, su muerte me cambió profundamente como persona y cambió también mi escritura, de la misma manera que nuestra guerra civil lo hizo con otros autores hace décadas. Y aunque no me gustaría dejar de ser el escritor y la persona que soy, sí me gustaría que Chusé no hubiera muerto. Quizás por eso no logro sentirme aliviado”.

Romeo se acerca a aquello que motivó el suicidio de Izuel a través de los relatos que el último dejó escritos y que luego se publicarían bajo el nombre de Todo sigue tranquilo: “«Todo sigue tranquilo» es el título de uno de los cuentos: en el que un tipo llora páteticamente porque su chica le ha abandonado, y amenaza con suicidarse ante la absoluta indiferencia del narrador”. Todos los relatos de Todo sigue tranquilo hablan de una mujer que deja a un hombre. Todos esos hombres son Chusé Izuel.

 

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