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Sueño

Héctor Juanatey | 14 febrero, 2012

Cuando uno se encuentra en ese limbo entre el tener los ojos abiertos y el comienzo del sueño ve cosas muy extrañas. Ve una justicia ajusticiada y un periódico que informa. No ve como el banco roba hogares y sí a un parado que trabaja. Ve un fútbol que paga y deja de pensar en la amnistía. No ve a nadie dormir en la Gran Vía ni a otros tirar comida. Sí ve un spam convertido en cadena de favores y un nadie que de pronto se convierte en alguien. Ve una firma hecha donación y un almanaque, un calendario de mejoras. Ve y también oye, por ejemplo, al silencio de charla con la censura y a dos personas enamorarse con la que está cayendo. Ve boinas negras convertidas en cuadros de Picasso y tanques hechos esculturas de Dalí. En ese limbo, uno ve a un amigo escribir, la ve a ella y escucha a alguien que le dice: “Vive hoy, que el mañana ya vendrá”. A veces, uno ve estas cosas y no son ciertas. Muchas otras, las ve y están ahí.

 

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Un amigo desconocido

Héctor Juanatey | 18 enero, 2012

Con esto de la incertidumbre pasan cosas muy extrañas. A mí esta semana me llamó un conocido del que no sabía nada desde hace varios años. Lo único que recordaba es que era un tío muy bien colocado, de estos que con una llamada contrata a veinte tipos. Yo sabía que era él el que llamaba porque sí, ya que por tener ni siquiera tenía registrado su teléfono. Vi el número y supe que era él y que ya solo con saberlo había pasado de ser conocido a amigo y de amigo a mi mejor amigo. Antes de que pudiera decir nada, yo ya comencé a alabarlo y a decirle que cómo habíamos tardado tanto en llamarnos, que pensaba en él a diario y que si no había contactado era porque sentía el bochorno del descuido. Mi conocido que pasó a amigo y luego a mejor amigo intentaba balbucear algo pero yo, sin casi tiempo para respirar, ya le estaba agradeciendo que se preocupara por mi situación y que gracias por su ofrecimiento, aún sin haberlo escuchado. “Contigo al fin de mundo, colega”, repetía sin descanso. Estaba tan emocionado que ni me importó que se cortase la llamada: “Ya llamará”, pensaba. El caso es que pasaron días y este amiguísimo mío de toda la vida no daba señales de vida. Como era un tío ocupado comencé a recordarle a mi manera que me debía una llamada. Primero unas perdidas, luego unos mensajes y al final hacía sonar su teléfono de madrugada, colgando justo cuando él cogía. Le envié hasta flores, bombones y mariachis. Puse anuncios en la prensa e incluso me hice pasar por su cartero. Por fin, un día me llamó. Esta vez fue él quien no me dejó hablar. Amenazó con denunciarme, me dijo de muy malas maneras que no me conocía y que aquel día simplemente había llamado por error. Yo, como sé captar las cosas, ya no hago lo de antes. Ahora utilizo una cabina.

 

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Mañana es domingo y además es otro año

Héctor Juanatey | 31 diciembre, 2011

Yo tengo un amigo, de esos amigos que se citan en los textos y cuya existencia está más bien en entredicho, que nochevieja tras nochevieja se dedica a escribir una suerte de propósitos de año nuevo. Los escribe con buena letra en pequeños post-it que luego ordena cronológicamente en pocas al principio, algunas después y muchas cajas ahora. Ha llenado tantas que los últimos cinco años los ha resumido en tan solo un post-it: “Cumplir los propósitos de años anteriores”. Yo, por tonto o por si acaso, he preferido no seguir su ejemplo, que las listas de tareas siempre me han agobiado y más si tienen fecha de caducidad. El caso es que mañana es domingo y además es otro año. Wislawa Szymbrosca escribió una vez un poema: “Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero”, decía uno de sus versos. Yo, desde aquí, pido disculpas a los días, a los meses, a los años que se quedan viejos. Les pido perdón por considerar a los nuevos los primeros. Y a cada una de las noches de sus días, las últimas.

 

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Alegría

Héctor Juanatey | 30 diciembre, 2011

Estaba escribiendo esto: En ‘Defensa de la alegría’, Benedetti instaba a defender este sentimiento como trinchera, como principio, bandera y destino. Defenderla como certeza y como derecho. El propio Benedetti traduciría un poema de De Mello, ‘Los estatutos del ser humano’, que en la misma línea clamaba: “Por decreto irrevocable, queda establecido el reinado permanente de la justicia y la claridad. Y la alegría será una bandera generosa para siempre enarbolada por el pueblo”. Cuando pasó esto: «Tijeretazo histórico del Gobierno de Rajoy: ‘Es el inicio del inicio’». Dejé de escribir y entonces recordé esto otro que un día escribió Cortázar: “Es inconcebible una revolución que no desemboque en la alegría”.

Y no mucho después llegué a estas palabras del siempre recurrido Galeano: “Hablar de alegría en medio de toda esta malaria, con tanta gente en la llaga o en la rada , ¿no suena a traición o estupidez? Y, sin embargo, precisamente por eso, hoy más que nunca la alegría es un artículo de primera necesidad, tan urgente como el agua o el aire. Nadie nos va a regalar este derecho de todos. Es preciso pelearlo: contra el propio miedo, el miedo a romper la costumbre de la pena, y contra los administradores de la tristeza nacional, que le sacan el jugo y venden las lágrimas. Pelarlo, digo, y no por la gente, sino con ella y desde ella”.

Peleemos, pues.

 

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La línea 1 en época de crisis

Héctor Juanatey | 10 diciembre, 2011

En la línea uno del Metro de Madrid suceden muchas cosas. Unas las cuenta Henrique Mariño en este post y otras no. A mí anoche me pasó una cosa que suele suceder si eliges el subterráneo un viernes noche. Sobre todo si vuelves para casa y los demás salen de la suya. En una de las esquinas del vagón te dejas llevar mientras descubres que lo único que distinguen tus ojos son los vaqueros de la gente que se ha puesto delante de ti. Y eso si tienes suerte. A mí, anoche, me tocó lidiar con una pareja que mal, a simple vista, no se lo estaban pasando. Y no es que a mí me guste mirar, pero por si acaso preferí cerrar los ojos, aunque no pude evitar escuchar lo que hablaron en uno de los parones. “Pues Tomás el otro día me envió un mensaje y me dijo que había descubierto unos ojos nunca vistos”, le dijo él a ella. “¿Ah sí?”, preguntó ella. “Sí. Se enamoró de la oficinista del turno de mañana. Ya ves, hasta en época de crisis nos enamoramos”. Y ahí ellos ya siguieron a lo suyo y yo intenté evadirme, que el cotilleo y su vertiente la curiosidad no son buena compañía. Su breve conversación me recordó un artículo de Elvira Lindo que leí hace unos días en el que, acertada, escribió: “La alegría va a acabar siendo un sentimiento subversivo”. Y añadía, al final: “Y dado que la alegría se está convirtiendo en algo subversivo me comprometo a practicarla y difundirla, a riesgo de ser considerada superficial por aquellos que han adoptado la frasecilla «con la que está cayendo» para amargarle la vida al prójimo”. Ya veis. Con la que está cayendo y Tomás se enamoró de la oficinista del turno de mañana.

 

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‘Amarillo’, de Félix Romeo

Héctor Juanatey | 5 diciembre, 2011

“A fin de cuentas, lo que está claro es que todas las vidas acaban antes de tiempo”
José Saramago en Ensayo sobre la ceguera


Félix Romeo murió el 7 de octubre en Madrid con 43 años y antes de eso le dio tiempo a escribir tres novelas —Dibujos animados (1994), Discothèque (2001) y Amarillo (2008)—, incontables artículos, reseñas literarias y dirigir el programa de TVE La Mandrágora. Hasta su muerte, yo no había conocido a Romeo; creí haber visto su cara en alguna ocasión, en alguna revista, en la televisión. Puede que fuera el sentimiento de culpa, el notarme un intruso en sus obituarios, lo que me haya llevado a leer Amarillo. Lo hice como se espía desde la mirilla de la puerta. Como se lee la correspondencia de un fallecido a un amigo que se había suicidado. Como un voyeur arrepentido.

Chusé Izuel era uno de los amigos íntimos de Romeo. Un escritor al que una mujer dejó un día 27 y que se suicidó otro día 27. El de febrero de 1992, con 24 años. Quince son los años que Romeo tardaría en publicar Amarillo, una suerte de epístola dirigida a Izuel en la que trata no solo de entender las causas que llevaron a su mejor amigo a precipitarse por un balcón, sino también de desprenderse de una carga de culpabilidad que le acompañaba desde entonces. El 26 de octubre de 1990, Izuel le escribió una carta a Romeo: “Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. De hecho, no quiero ya oír hablar de creación ni pijadas de ésas. Ni creación, ni hostias. Y lo mismo en cualquier actividad. O te sale de las tripas o no vale una mierda”. Eso hizo Romeo en Amarillo: echar todo lo que llevaba dentro.

Escribió Romeo: “Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo. No te induje. Yo quería que te repusieras, que abandonaras esa tristeza, que a mí me parecía totalmente autoimpuesta, ridícula. No siempre he pensado que tu muerte fue el crimen perfecto. Realmente, sólo fui consciente de ese crimen hace ocho años. Soñé que habías regresado. «He estado dando una vuelta por ahí», decías con una sonrisa en la cara. Me sentía fatal, notaba cómo todo se desmoronaba. Todos los días te presentas como mi mayor culpa, la que me convierte en tu asesino. Siempre he tenido un gran sentimiento de culpa. Si hubiera alguna forma de extraer la culpa de mi cabeza, la utilizaría”.

En una entrevista posterior a la publicación del libro, Romeo negó, no obstante, que hubiera sentido alivio por la muerte de su amigo: “No fue el suicidio de Chusé lo que me convirtió en escritor, porque desde adolescentes ya ambos éramos escritores cachorros. Pero, sin duda, su muerte me cambió profundamente como persona y cambió también mi escritura, de la misma manera que nuestra guerra civil lo hizo con otros autores hace décadas. Y aunque no me gustaría dejar de ser el escritor y la persona que soy, sí me gustaría que Chusé no hubiera muerto. Quizás por eso no logro sentirme aliviado”.

Romeo se acerca a aquello que motivó el suicidio de Izuel a través de los relatos que el último dejó escritos y que luego se publicarían bajo el nombre de Todo sigue tranquilo: “«Todo sigue tranquilo» es el título de uno de los cuentos: en el que un tipo llora páteticamente porque su chica le ha abandonado, y amenaza con suicidarse ante la absoluta indiferencia del narrador”. Todos los relatos de Todo sigue tranquilo hablan de una mujer que deja a un hombre. Todos esos hombres son Chusé Izuel.

 

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Once del once del once

Héctor Juanatey | 11 noviembre, 2011

A mí esto de las fechas empieza a cansarme. Y no hablo en sentido figurado, sino que me cansa, me cansa de verdad. Físicamente hablando. Recuerdo que a finales de 1999 muchas personas, de confianza entonces y menos después de aquello, me decían que tenía que aprovechar los días que quedaban antes de que llegara el año 2000, que los había que pensaban que el cambio de siglo se produjo por esas fechas. Yo, por tonto o por si acaso, no pude más que hacerles caso y me dejé el cuerpo en juergas y farras. No fuera que, como me insistían, el mundo se fuera a terminar. El caso es que no fue así y pronto llegó diciembre de 2000 con las mismas advertencias. Y volvieron las juergas y las farras. Las mariscadas y el agua, porque es agua, que venden la última noche del año. “La del siglo, chaval”, me espetó un amigo para añadir: “No, no. La de la historia. La última noche de la historia”. Yo ahí pensé que de lo que en realidad hablaba mi amigo era de la última noche pero en sentido figurado. Algo así como una noche histórica, de esas en las que no resucitas hasta dentro de tres días. Pero 2001 llegó y aquí todo siguió igual. Ese colega mío me dijo que había fallado los cálculos y que en realidad todo acabaría en 2012, y ahí ya me agobié. “Lo leí en un libro, chaval”, me dijo, porque entonces los libros eran como ahora la televisión. Pero hace unos días, después de varias “últimas noches de la historia”, este amigo, un tanto desconocido ahora, me llamó. “El libro no decía la verdad. No pasará en 2012, sino el viernes”. “¿El viernes?”, pregunté un poco nervioso. Porque yo, si se puede elegir, preferiría que esto no acabara entre semana y con la ropa sin planchar. “Sí, sí. Once del once del once. Lo he visto en la tele, chaval”. Será mentira, oye, pero por tonto o por si acaso…

 

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Iluso

Héctor Juanatey | 4 noviembre, 2011

Cortázar se preguntó hace un tiempo “hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión”. Lo hizo al mismo tiempo que se cuestionaba ciertas cosas sobre la tos de una señora alemana que escuchó en un concierto de Beethoven dirigido por Wilhelm Furtwngler. “La tos de una señora alemana”, se llama el texto. Esto lo traigo con la única excusa de hablar de la ilusión, sin tampoco tener muy claro el por qué de haber pensado en la tos de esta señora alemana en la que reparó Cortázar.

Ilusión, para mí, es querer algo y que ese algo no quiera. Ilusión, de la buena, de la constructiva, es esa de la que hace unas semanas escribió Ramón Lobo, que tanto me gusta citar: “Quiero bajarme de los políticos que tiraron la toalla de la ilusión”, leí en un artículo en el que se preparaba para exigir su derecho a ser feliz. Yo aquí exijo también mi derecho a la ilusión, quizás mi derecho al delirio, que dice Galeano.

Ilusión, a día de hoy, es pensar que una noche, o mil y una, escucharemos debatir a los candidatos y candidatas a la presidencia del Gobierno. Ilusión es querer ver más rostros en el cara a cara. Ilusión es proyectar la cara de la ciudadanía en los debates. Ilusión, la del periodismo, es pedir que no se eche por tierra una de las principales reivindicaciones: quién escoge los temas que se tratarán en una entrevista, en un debate. Ilusión es hablar, oír y saber callar a tiempo, comunicar.

Ilusión es confiar en que tenemos algo que decir. Una de tantas grandes personas que conocí en las noches de Sol, Jonás Candalija, me dijo el otro día que “cualquier persona con sentido común hoy en día parece ser idiota o ilusa”. Por quitar, nos han recortado hasta el derecho a la ilusión. Por ello, iluso, me ilusiono con que mis ilusiones dejarán de serlo. Eso es también, al fin y al cabo, la ilusión. Esperar que no lo sea.

 

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Lluvia

Héctor Juanatey | 25 octubre, 2011

Yo venía aquí a hablar de la lluvia de Madrid y lo que añoro lo diferente que es en Compostela hasta que llegó Ramón Lobo, escribió “Llueve en Madrid” y, para más inri, hizo una referencia a Santiago. Lo mejor que puedes hacer cuando alguien como Lobo escribe un tema del que tú querías hablar es leerlo y pasar página. No lo vas a hacer mejor. O por lo menos leyendo el último párrafo de su artículo a mí me resulta imposible: “Madrid no es Santiago; allí lo extraordinario es la luz limpia y el sol. Lo seco. Es esa ausencia de lluvia la que cultiva las saudades que todos llevamos dentro, incluso los invisibles”.

El sol en Compostela es extraordinario, es verdad, porque apenas se da un garbeo por la zona, y eso que últimamente aparece más que antes. Y aún así a mí me gusta ver la lluvia también extraordinaria. No por poco habitual, sino porque me cuesta imaginar mejores postales. “La lluvia en Santiago es arte”, opinó hace unos años Manuel Jabois. Las piedras mojadas de la zona vella compostelana son arte y al mismo tiempo extraordinarias, aunque ordinarias. Santiago, con lluvia, es un cuadro empapado. Un paisaje que mirar a través de las ventanas con las gotas golpeando los cristales. Un cuadro que se borra para volver a dibujarse.

A mí lo que me gusta de la lluvia de Santiago es la abundancia. Su odio a los paraguas y su rebelión contra las leyes de la gravedad. De la lluvia de Compostela me gusta, y mucho, que empape, que cale. Que moje tanto que nos convierta en gotas.

 

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Cumpleaños

Héctor Juanatey | 17 octubre, 2011

Hoy es mi cumpleaños. Es una cosa que pasa cada cierto tiempo, algo así como anualmente, aunque a ciertas edades parece que va de lustro en lustro, por lo menos de cara al público. A mí en realidad ni me va ni me viene, más bien me sobreviene. Y aún así ya es la vigésimo cuarta vez que llama a mi puerta. Yo, que tampoco quiero ser maleducado, le abro sin problema. Casi sin preguntar. Dicen que con el tiempo es mejor dejar la puerta abierta de par en par y ahí los años van entrando sin que te des cuenta. Los hay, sin embargo, que se pasan la vida atisbando por la mirilla, no sea que se acerque un año más y les pille por sorpresa y sin arreglar. Yo por ahí sí que no paso. Si tiene que venir que venga, pero tampoco me voy a maquillar. Si acaso, preparo una ración de alpiste para amenizar la velada, que eso es muy de bar que da la bienvenida “pero no te quedes mucho”. De todos modos, en un año vendrá el siguiente y tampoco es cuestión de que este se acomode. Podremos charlar, si cabe, de cómo ha sido su predecesor y en qué me va a cambiar el recién llegado, pero tampoco me obsesiona. Puede que los años, que vienen ellos tan dispuestos, se muestren dolidos o afectados pero les doy poca importancia. Celebraré siempre que pase el tiempo antes que el refugio en “cualquier pasado fue mejor”.

 

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Héctor Juanatey Ferreiro // Periodista
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