Anotaciones de un viaje en autobús: Madrid – Santiago
by Héctor Juanatey
Hace unos meses realicé en tren, de noche, el trayecto que une Madrid con Santiago de Compostela. Hoy hago lo propio en autobús. Un amigo mío me dijo un día que de Galicia hay que salir por tierra, ya fuera sobre unas vías o sobre el asfalto; no se refería a la rapidez, sino que estaba convencido de que había que ser consciente de lo que se estaba dejando atrás. No sé si con esto, el hecho de dejar también Madrid por carretera, le estoy llevando la contraria, prefiero pensar que no es así. Ahora también me siento un poco de aquí; de la gente que he conocido aquí. Bueno, y no nos engañemos, la verdad es que me acojonan los aviones. Suena Toneladas de nada, de Eladio y los Seres Queridos.
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Cuando voy a coger un autobús, el tren, incluso un avión si no queda más remedio, suelo pasarme por esas librerías de estaciones y aeropuertos, creo que Relay tiene el monopolio, para comprarme algún libro que leer durante el viaje. En aquel trayecto en tren Madrid-Santiago compré Los enamoramientos, de Javier Marías. Hoy, El mundo amarillo, de Albert Espinosa: «Es el mundo de los descubrimientos que hice durante los diez años que estuve enfermo de cáncer», escribe en la contra. Se lee muy rápido. De Espinosa vi la película Tu vida en 65′. De la película me gusta la parte en la que se sientan a observar cómo gira la lavadora.
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Carretera y JotDown en papel. Enric González entrevista a Arturo Pérez Reverte. Hablan de la cultura. Casi al final, el primero pregunta: «¿De qué nos sirve?». Responde Pérez Reverte: «Para no gritar cuando se cae el avión. [...] Cuando subo a un avión, sé que se puede caer, porque soy razonablemente culto, como cualquier con un mínimo de vida y lectores, y sé que según la ley de la gravedad, las cosas que pesan, se caen. A veces se caen. Y cada Titanic tiene su iceberg. Porque he leído, y eso es ser culto: saber que cada Titanic tiene su iceberg o que cada avión se puede caer. Y ese día [un vuelo de Chipre a Beirut], volando en ese avión cayó un rayo, y al perder altura la gente empezó a gritar, y yo me dije: “Fíjate, estos idiotas gritando, no sé de qué se sorprenden, si los aviones se caen, ¿qué esperaban? Me voy a morri entre gente gritando, vaya forma más idiota de morir”. ¿Por qué yo no grité? Porque sabía que los aviones se caen, y esos bobos creían de verdad que el avión no se iba a caer nunca. Suben al Titanic pensando que no se va a hundir». Yo, consciente de que los aviones, aunque ya sería una putada, se pueden caer, creo que gritaría si un rayo nos precipitase hacia la tierra. O eso, o me quedaría blanco y sin palabras por el miedo. Porque sé que puede pasar, ¿no? La entrevista es buenísima.
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Para anotaciones, las de Iñaki Uriarte y sus Diarios.
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Galicia desde el autobús. La saudade es como echar de menos pero sin querer volver de todo. Un echar de menos masoquista.
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Escribe Espinosa: «Estaba claro que escribiría un diario; los diarios son vitales y altamente recomendables. Qué mejor que poder releer lo que te preocupaba hace dos o tres años, y darte cuenta de que ahora eso te importa un pepino (a veces porque lo has conseguido, a veces porque en realidad ni lo deseabas)». Este blog, por ahora, es lo más parecido que tengo a un diario. Apenas, y es algo de lo que me arrepentiré siempre, he guardado fotografías de mi época adolescente. Llegó un día en que pensé en guardar recuerdos en forma de pulseras. Ahora mismo visto cinco en la muñeca izquierda, las mismas en la derecha. La última, del sábado pasado, propiedad de un pelo determinado.
Al volver por tierra (asfalto o vías), le das más razón aún a tu amigo. Así serás consciente de lo que vas a encontrarte para perderlo más adelante.