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Aquí se muere

Héctor Juanatey | 27 febrero, 2012

En la calle hay quien aún pretende oler el olor a cadáver de lo que ayer, claman, era periodismo. Voces que hablan, porque sí, de su muerte y aquí quien se muere son personas ejerciendo el periodismo: personas que informan del asesinato de otras personas. Manuel Jabois lo resume mejor: «Si ustedes se encuentran a algún trasnochado predicando el final del periodismo saquen las páginas de Homs y de lugares como Homs en los que se apilan esqueletos y háganle entender que sin ellas no seríamos lo que somos, o al menos no tendríamos excusa para serlo». Si sacan hoy las páginas interiores de El Mundo, verán a Javier Espinosa hablando de la casa de un exvendedor de refrescos en Bab al Amr en la que permanecen los cadáveres de la periodista Marie Colvin y el fotoperiodista Rémi Ochlik.

No es lo mismo que se muera alguien a que otro intente matarlo. «Los editores españoles están destruyendo el periodismo», cuenta Alberto Arce, que acaba de publicar Misrata Calling. El periodismo de Arce no se ha muerto; él, por suerte, tampoco, aunque para que Misrata saliera de las fronteras de Libia tuvo que contar con los suficientes reflejos para que algún mortero no acabase con su vida. También de los morteros se libraron Ramón Lobo y Gervasio Sánchez cuando informaban desde Sarajevo. A Espinosa le salvó una pared, a Lobo y Sánchez, «un vino de menos». De esos malditos morteros en Misrata, sin embargo, no se libraron Tim Hetherington y Chris Hondros. De la muerte tampoco escapó Julio Fuentes, asesinado en Afganistán, en la carretera que une Jalalabad con Kabul. Con él fueron ejecutados también la periodista Maria Grazi Cutuli, el cámara Harry Burton y el fotógrafo Azizula Haidari. El cuerpo de Fuentes llegó a España tres días después de haber sido asesinado, coincidiendo, recuerda Gervasio Sánchez, con la presentación de un libro en homenaje a Miguel Gil, que tampoco escapó a la muerte en Sierra Leona, momento a partir del cual, según Lobo, «parece que se nos cayó encima el Periodismo». En Irak, José Couso tampoco se libró de los misiles intencionados del ejército estadounidense; allí, en su primera experiencia como reportero de guerra, Julio Anguita no consiguió salir vivo tras una emboscada mientras viajaba empotrado. En Haití, quien murió asesinado fue Ricardo Ortega.

Miguel Gil arriesgaba su vida porque «hay mucha otra gente, los civiles, que lo hacen cada día. Hago este trabajo para que nadie pueda decir que no lo sabía». Hondros escribió algo similar: «Para mí, el fotoperiodismo y el conflicto a menudo van de la mano porque es esencialmente importante comprender la realidad de la guerra y no ignorar las cosas terribles que están sucediendo en el mundo». La repuesta a por qué el periodismo sigue viajando a las guerras la ofreció Colvin: «Muchos de ustedes os debéis haber preguntado —u os estáis preguntando ahora— ¿vale la pena el coste en vidas, el desamor, la pérdida? Me enfrenté a esa pregunta cuando perdí el ojo. Incluso un periódico publicó una noticia con el titular: ‘¿Ha ido Marie Colvin demasiado lejos esta vez?’ Mi respuesta entonces y ahora, es que vale la pena. [...] Alguien tiene que ir allí y ver lo que está pasando. No se puede obtener esa información sin ir a lugares donde se está disparando a la gente. La verdadera dificultad es tener la suficiente fe en la humanidad para creer que las personas suficientes ya sean gubernamentales, militares o el hombre en la calle, se preocupan cuando la información llega al papel, a la web o se ve en la pantalla del televisor».

Colvin y Ochlik murieron en Siria para que nadie se olvidase de lo que allí pasa; Hetherington y Hondros murieron para que nadie olvidase Libia; Fuentes, Afganistán; Couso y Anguita, Irak; Gil, Sierra Leona; Ortega, Haití. Espinosa sigue en Homs para que los de fuera no nos olvidemos de los de allí. Mucha suerte, @javierespinosa2.

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Actualización: Javier Espinosa ha podido salir de Homs. En la BBC: “Homs me recordaba a Sarajevo”.

 

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Letras, Periodismo
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Héctor Juanatey Ferreiro // Periodista
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