Un amigo desconocido
Héctor Juanatey | 18 enero, 2012Con esto de la incertidumbre pasan cosas muy extrañas. A mí esta semana me llamó un conocido del que no sabía nada desde hace varios años. Lo único que recordaba es que era un tío muy bien colocado, de estos que con una llamada contrata a veinte tipos. Yo sabía que era él el que llamaba porque sí, ya que por tener ni siquiera tenía registrado su teléfono. Vi el número y supe que era él y que ya solo con saberlo había pasado de ser conocido a amigo y de amigo a mi mejor amigo. Antes de que pudiera decir nada, yo ya comencé a alabarlo y a decirle que cómo habíamos tardado tanto en llamarnos, que pensaba en él a diario y que si no había contactado era porque sentía el bochorno del descuido. Mi conocido que pasó a amigo y luego a mejor amigo intentaba balbucear algo pero yo, sin casi tiempo para respirar, ya le estaba agradeciendo que se preocupara por mi situación y que gracias por su ofrecimiento, aún sin haberlo escuchado. “Contigo al fin de mundo, colega”, repetía sin descanso. Estaba tan emocionado que ni me importó que se cortase la llamada: “Ya llamará”, pensaba. El caso es que pasaron días y este amiguísimo mío de toda la vida no daba señales de vida. Como era un tío ocupado comencé a recordarle a mi manera que me debía una llamada. Primero unas perdidas, luego unos mensajes y al final hacía sonar su teléfono de madrugada, colgando justo cuando él cogía. Le envié hasta flores, bombones y mariachis. Puse anuncios en la prensa e incluso me hice pasar por su cartero. Por fin, un día me llamó. Esta vez fue él quien no me dejó hablar. Amenazó con denunciarme, me dijo de muy malas maneras que no me conocía y que aquel día simplemente había llamado por error. Yo, como sé captar las cosas, ya no hago lo de antes. Ahora utilizo una cabina.





