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Irse a Manuel Jabois

Héctor Juanatey | 29 septiembre, 2011

Razón no le falta a Kiko Amat cuando dice que le gusta tanto Manuel Jabois que empieza a caerle mal. Después de leer la recopilación de columnas del periodista de Sanxenxo a uno le invaden dos sentimientos. El primero es el que describe Amat. Porque tú llevas toda una vida, que aunque es corta es tiempo, intentando escribir algo que guste y sobre todo que te guste y resulta que ese algo es lo que hacía un tal Jabois desde hace ya unos años. Tras esa primera sensación ya solo te queda rogar, porque no te deja más opciones, como lo hace otro gallego, Henrique Mariño: “Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois”, escribe.

Yo ahora eso lo canto a los cuatro vientos. No puedo hacer otra cosa que suplicar algún parecido con Jabois tras tragarme una a una las columnas que publicó en el Diario de Pontevedra, El Progreso y FronteraD. “Irse a Madrid” se llama el libro, por una columna del mismo nombre en la que defiende que para escribir bien no hace falta huir a la capital. Desmiente así lo que dijo Pío Baroja un día: “Si quiere ser escritor, váyase a Madrid y póngase a la cola”. Yo, por llevar la contraria, por una paradoja o quién sabe por qué, me vi leyendo la primera columna en un tren que me sacaba de Madrid y la última en otro que me llevaba de vuelta, ya con la certeza, eso sí, de que si en Compostela no se puede imitar a Jabois, intentarlo en Madrid es de todo menos de valientes.

Leer a Jabois produce además un efecto extraño. Sin saber cómo has llegado a ese punto, te ves convertido en un promotor de su obra y no ves el momento de sacar un “pues tiene Jabois una columna…” o “justo de eso habla Jabois”. Tú vas por ahí creyéndote un mini-Jabois que solo por repetir su nombre vas a llegar a casa, te vas a sentar delante de un ordenador y vas a escribir como él. Por desgracia, te das cuenta de que todo es una farsa cuando, en mitad de una conversación de peso y sobrepeso con tres amigas, una te dice: “Pero vamos a ver, ¿quién coño es ese tal Jabois?”. Y a ti te duele que no lo conozcan y te pones si cabe más pesado, tanto que hasta sacas el móvil y tecleas con sumo cuidado su nombre en Google imágenes. “Pues sí que es guapo”, te dicen. Entonces sucede que te cae todavía peor, porque no solo escribe como tú querrías hacerlo sino que además, por mucho que te hagas el “guay”, —como lo hizo él en su columna “Morir en Caneliñas”— nunca estarás a su altura. Ese personaje “canalla, errático, noctámbulo y mujeriego” que creías haber inventado ya tenía su apariencia.

 

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Carta a José Antonio González Poncela, alcalde de Tordesillas

Héctor Juanatey | 14 septiembre, 2011

Estimado José Antonio González Poncela, alcalde de Tordesillas. Ayer visité su pueblo. Era la primera vez que lo pisaba y, por desgracia, el objetivo de mi visita no era ver la ciudad, sino constatar en primera persona la crueldad del Torneo del Toro de la Vega. En la página web del municipio del que es alcalde, leo que “la belleza” del Toro de la Vega “radica en la lucha que mantiene el toro, el caballo y el lancero en plena vega turresilana”. Le voy a contar lo que vi ayer y quisiera que luego defendiera, si puede, su concepto de belleza.

Más de 200 personas, algunas a caballo y otras a pie, salieron corriendo detrás de Afligido, el toro y sí, le dieron caza en “plena vega turresilana”. Y hasta ahí lo único cierto de la presentación que hacen en su web. Un joven le clavó al astado una lanza que le provocó una herida muy profunda en el costado izquierdo e hizo que comenzase a desangrarse. El toro fue rodeado por más de un centenar de personas armadas con lanzas que instaban a que ese joven lo matase. Él siguió asestándole lanzazos hasta que el animal se desplomó en el suelo. No hizo nada más. Quedó tumbado mientras se desangraba y miraba a su alrededor. A veces cerraba los ojos. No hubo esa lucha de la que hablan. No es lucha clavarle lanzas a un animal herido e inmóvil, sin posibilidad de defensa. Es tortura. Cuando el toro comenzó a agonizar, los vecinos de su pueblo lo taparon con lonas para que nadie pudiese contemplar el dolor que sufría mientras moría. De hecho, acrecentaron su dolor. Le cortaron el rabo mientras aún seguía vivo. Si no lo ha hecho ya, le invitaría a que observase cómo se movió el toro cuando le mutilaron una parte de su cuerpo. Y como, mientras intentaba defenderse, varias personas lo pisaban para evitar que se moviera. Después de cortarle el rabo, comenzaron a apuntillarle para matarlo. Lo hicieron con un destornillador y con cualquier objeto punzante que tuvieran a su alcance. Le golpearon repetidas veces en la cabeza pero Afligido no se moría. Debajo de la lona pude ver como respiraba de forma entrecortada; como todavía hacía esfuerzos por erguirse. Estuvo así treinta minutos. Agonizando. Sufriendo. Será imposible, si no estuvo allí, que pueda recordar los ojos del astado mientras una persona intentaba, sin éxito, matarlo. Yo sí lo vi. Lo vi hasta que por fin dejó de respirar.

También vi a padres y madres con sus hijos acercarse a ver el cuerpo del animal muerto. Vi y escuché los aplausos y los vítores de muchos de sus vecinos. Probablemente el joven que le dio el primer lanzazo fuera coreado en el balcón del Ayuntamiento, como en años anteriores. A eso ya no me quedé. Abandoné su pueblo nada más morir el toro. Es muy probable que no vuelva. Sí lo haré el próximo torneo. Volveré y denunciaré de nuevo la tortura que aún hoy continúa vigente y que usted, desde su posición, apoya. Desde aquí le pido que ponga fin a esta mal llamada celebración. De lo contrario, le ruego justifique, si puede, los hechos antes descritos. Explíqueme qué aplaudía la gente; qué valores pretenden transmitir.

Por favor, no maten más toros.

 

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“Vidas enjauladas”, una invest…

CÁPSULA INFORMATIVA de Héctor Juanatey | 9 septiembre, 2011

“Vidas enjauladas”, una investigación de Igualdad Animal en zoos de España: http://t.co/9rDUXTG

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El PP, un nuevo superhéroe

Héctor Juanatey | 8 septiembre, 2011

El Partido Popular ya no es capaz de ocultar su emoción al verse ganador de las elecciones generales. Ayer, el vicesecretario de Comunicación del partido, Esteban González Pons, se dejó llevar por la euforia y clamó a los cuatro vientos que el PP “aspira a crear en la próxima legislatura 3,5 millones de puestos de trabajo“. Pons estuvo rápido con la retórica y utilizó la palabra “aspira”, que no “promete”. Prometer cifras positivas de empleo, a estas alturas, es todo un atrevimiento y —casi podríamos decirlo— una falta de respeto. No obstante, aspirar, todos aspiran a mejorar la situación. De hecho, dijo 3,5 millones al igual que podía haber afirmado que aspiraba a dar empleo a los cinco millones de parados actuales. Por aspirar, que no quede.

El cómo —ya es habitual— se lo guardan. “Hay que hacer reformas y ponerlas todas en marcha”, aseguró Pons, que tenía una carta escondida en la manga: el PP, señaló, es un partido “experto en resolver crisis”; una formación “superespecializada” en crear empleo. Y ya sabemos que a los superhéroes no se les pregunta por el modus operandi. Lo más curioso, sin embargo, es que todo esto lo anunció tras comentar que se habían reunido con los coordinadores electorales para pedirles que la campaña sea “moderada y de centro”, basada en la “austeridad, transparencia” y en “no prometer lo que no se puede cumplir”.

Por suerte, cuatro años dan para mucho y tiempo habrá de rectificar con la misma expresión que ayer usó la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, para disculparse ante los docentes: “El que tiene boca se equivoca“. Pero, mientras, tú miente que algo queda.

 

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Héctor Juanatey Ferreiro // Periodista
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