De fronteras va la cosa
Héctor Juanatey | 11 junio, 2010En el Cómo se hizo de la película Babel (aparece en los extras del DVD) hay una escena en la que su director, el mexicano Alejandro González Iñárritu, se acerca a una valla plantada en mitad del desierto y que marca la frontera entre México y Estados Unidos, para comentar lo absurdo que resulta querer separar la misma arena. Es la misma valla que no sabe muy dónde acabar cuando llega a las playas de Tijuana. Sería ridículo querer separar el mar. En Internet hay un sinfín de fotografías y vídeos de esta misma valla, y no hay una sola imagen que me haga cambiar de idea. Es una de las mayores vergüenzas que aún hoy se mantienen en pie (es más, se levantó hace pocos años y hoy en día continúa extendiéndose). Y no deja de ser curioso que un país que luchó para que el muro de Berlín fuera derribado, haya ahora construído semejante infraestrucutura para impedir la libre circulación de las personas.
Estados Unidos se defiende asegurando que la utilidad del muro es la seguridad de los ciudadanos estadounidenses y la regulación de la inmigración. Una regulación, dicen, no autoritaria ni agresiva. Y para ello están los Border Patrols o patrullas fronterizas. Esas que, armadas hasta los dientes, persiguen en grandes todoterrenos a hombres, mujeres o niños desarmados que corren a esconderse en algún lugar del desierto de Arizona. Y si hay que matar se mata. Aunque para evitar represalias, a veces es mejor seguirlos y esperar que el desierto los mate. Mucho más limpio. Todo sea por defender a los ciudadanos estadounidenses.
El pasado lunes, las pacíficas patrullas fronterizas del gobierno estadounidense mataron a quemarropa a un niño de 14 años mientras jugaba con unos amigos bajo el Puente Negro, sobre el Río Bravo, que divide la frontera entre México y Estados Unidos. Lo mataron por motivos de seguridad. Y es que parece que jugar en la frontera se castiga con la pena de muerte. Aunque sea en México. Los USA sí que pueden cruzar fronteras. ¿No creen que fuera por seguridad? Claro que sí. Sergio Adrián Hernández, así se llama el joven asesinado, estaba jugando con otros chavales cerca del Puente, se acercaron a la valla de la vergüenza y uno de los policías fronterizos detuvo a uno de ellos, mientras los demás, Segio entre ellos, corrieron para alejarse e intentaron defenderse lanzando piedras al agente. Al mismo agente que arrastraba a su amigo, detenido por jugar, mientras, siempre por seguridad, sacaba su arma y la disparaba matando a quemarropa a uno de ellos. Por seguridad, claro.
Y como el Muro de la Tortilla, así se conoce coloquialmente al muro que separa Estados Unidos de México, existen también el Muro del Territorio Ocupado, que separa el territorio de Israel y Cisjordania (lo levantó el gobierno israelí), los muros que separan miles de kilómetros de la India con Pakistán, o, en menor medida, los muros que en Brasil están construyendo para aislar a las favelas y evitar su crecimiento.
Cuando menos lo esperemos, saldremos al hall y el vecino habrá levantado un muro delante de su puerta. Porque así es la sociedad de la vergüenza.





