Tres minutos para dar voz a 6.000 inmigrantes en Francia
Héctor Juanatey | 27 Febrero 2010¿Cuál es la diferencia entre un trabajador indocumentado y uno con permiso de residencia? No es una diferencia que se pueda ver a simple vista. No se puede ver ni siquiera con una cámara. Y, sin embargo, existe. Ellos trabajan, construyen nuestros edificios, reparan nuestras calles e instalan los carriles de los tranvías. Muchos limpian nuestras oficinas, hacen las tareas domésticas en nuestros apartamentos, se ocupan de nuestros pacientes y del más anciano entre nosotros. Lavan las vajillas y las cocinas de nuestros restaurantes, se ocupan de la seguridad de nuestras tiendas y son la mano de obra secreta de nuestras agencias de colocación. Con o sin papeles, sus funciones son las mismas. Con o sin documentos, las obligaciones de cada uno son las mismas que tiene todo el mundo: pagan impuestos, el seguro de desempleo, seguridad social… Entonces, ¿cuál es la diferencia?
Esto es lo que se preguntan los 350 cineastas franceses miembros del Collectif des Cinéastes pour “les sans-papiers” que el pasado lunes presentaron en la Cinemateca Francesa “On bosee ici! On vit ici! On reste ici!” (¡Curramos aquí! ¡Vivimos aquí! ¡Nos quedamos aquí!), un corto para dar voz a los más de 6.000 inmigrantes sin papeles que ahora están en huelga tras haberse quedado sin trabajo en los últimos meses en Francia. La obra es simple (en el buen sentido de la palabra), solo una cámara y decenas de inmigrantes contando y denunciando su situación.
(Escenas comentadas en El País.com) Así, en una de las primeras escenas, uno de estos inmigrantes, que se encuentra rodeado de otros, dice: “Ese edificio que tenemos detrás lo hemos hecho nosotros. Yo llevo trabajando aquí más de tres años”. Luego, otros trabajadores sin papeles enumeran los lugares en los que han desempeñado una actividad laboral sin que nadie les reconociera el más mínimo derecho: “El supermercado Carrefour, el supermercado Monoprix, la Asamblea Nacional…”. Una mujer de origen oriental, sentada a una mesa frente a una máquina de coser, da también su lista de empresas que la han empleado sin pedirle jamás papeles. Hay uno que cuenta que cobraba 300 euros; otro que explica que jamás podía irse de vacaciones. Otro que pagaba impuestos, que cotizaba para un retiro que jamás cobraría; otro, sentado en la mesa de un restaurante, asegura que el miedo a ser atrapado por la policía y devuelto a su país cansaba más que el propio trabajo explotador… Y otro hombre, de origen magrebí, concluye: “Hemos contribuido a engrandecer Francia, pero no hemos encontrado la libertad”.
*Puedes firmar aquí la petición para que se regularice la situación de todos estos trabajadores.











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